El amor es una ilusión vacía que te otorga una
pasión vital, arrancándote del interior tu yo más cierto. Me sitúo al borde de
un acantilado, y me dejo caer. Como tú y yo, que estábamos siendo parte de la
misma lava, hasta que dejamos que el volcán entrara en erupción. Y cuando los
campos han quedado arrasados por la ceniza, y nuestra vida es una casa
pompeyana, no tenemos amor, ni ilusiones, ni pasión. ¿Para qué sirve quedarte
roto, si buscarás otro sastre que sepa coserte y remendarte?
Esta partícula que me constituía tan salvaje y
natural, tan fundida con el resto, me dispara tan fuerte que me ametralla el
alma. Has tenido la capacidad de ser bala, de atravesarme y mortificarme,
mientras una hemorragia de fuerza se derramaba por la piel de esta brutal atracción
de polos opuestos.
Si hay algo que me gustó más que nuestro amor, fue que Madrid fuera nuestro amor. De noche, con esa protección que siempre nos han dado los taxis, con las cervezas frías a 2€, sin llaves de casa, y con un ascensor que fue el preámbulo de esta necesidad social por aparentar algo más allá de salvajismo animal
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