Existe una cadena invisible y abstracta que va devorando la cronología de los acontecimientos. Cuando esperar era una opción, y soñar el objetivo, la realidad siempre va a tratar de aparecer. Porque nunca somos capaces de buscar el término medio, por mucho que nos empeñemos. Nuestra rutina se ha constituido de encuentros y desencuentros, de furia, de ira, de abrazos, de caricias.
Busco la belleza en las miradas de aprobación y, simultáneamente, de despecho. Se puede hacer daño, y nos hemos dado el lujo de hacerlo. Tal vez, la balanza se ubica desequilibrada en algún punto de esa moral que tanto anhelamos. Somos individuos aferrados a encajar en una sociedad que no nos merecemos, porque nos aliena y nos destierra de ese universo infinito y deseado, de ese lugar imaginado, al que llamamos vida. Un grupo de marionetas con los hilos cortados.
Y es en esa travesía donde nos acabamos encontrando. Quizás, comprender que era necesario todo el camino recorrido, todas las aventuras y desventuras, y todas esas horas compartidas, es el inicio de todo el proceso. Si todo forma parte del proceso, la lógica ametralla con sus actos.
Dejémonos ser disparados, pues.
Querido tiempo: ahora mis diecisiete años son tuyos. A partir de mañana, cuida de mi corazón herido e hiriente de esta vida siendo una niña. Hasta siempre.