Los equipajes se cargan demasiado, y la única maleta que quieres llevarte es la que se ha llenado con el orgullo de saber que tú puedes seguir, por mucho que se empeñen en dejar de creer que puedes lograrlo.
Los cambios afectan a todos, incluso a los que pedíamos a gritos la huida. Saber sobrellevarlos es algo que vas aprendiendo con el tiempo, o tal vez en cuestión de un par de segundos. Pero el secreto está en disfrutar lo que tenemos, aislando lo que tuvimos y sin estropear lo que va a llegar.
El error que se comete, y que se va contaminando tanto como el aire que antes era puro, es que nadie nos ha enseñado que no se puede evitar que tus propios días te duelan, porque el dolor te hace sentirte existencial en esta especie de universo manipulado.
Así que tal vez lo que tachamos de dicho dolor no es más que la ignorancia ante la novedad que tratan de hacer perfecta y constituida. Arrepentirse de la maldad humana es otra falta que vamos buscando, porque sólo ello nos refugia de aceptar que estamos determinados a herirnos los unos a los otros, aunque lo hagamos inconscientemente.
No sé lo que nos queda, sé lo que ha pasado antes de esto. Y si me he equivocado ya, que me vayan concertando una cita a las puertas del infierno.
Sólo necesito cien kilómetros para comenzar de nuevo.

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