domingo, 22 de septiembre de 2013

Sin seguridad o sorpresas, el final

Aquende hallaste tu lugar ubicado, entre hilos de algodón y seda, de colores más claros que el firmamento azulado que sobre estas nuestras cabezas despojadas se alza. Alas de unicornios sin domesticar se extienden tras tu espalda y la mía, volatilizando el suelo que dejó de pertenecer a la existencia sostenida. 
Un objeto que tras el objetivo tuyo se ha diversificado en alma perecedera, de cristales y lentes, volviéndose agua al contacto de las falanges del dedo índice de tu mano izquierda. Muévase lenta, compás estricto, ritmos largos, silencios. 
La pestaña que se suicida, al acantilado de tu piel. Rostro angulado de ojos que miran, que una negra pupila tiene sobre el iris marrón, asimilando al caballo salvaje que te maneja dentro. Todo tú fuiste hecho sin domesticar. 
Ansía la vida presentada haberse posado en ti. 
Tributo te es prestado, loando el Arte que crea el axioma que parte de tu razón.
Se refugia tímidamente mi error comprendido en la curva de tu rodilla, y se clavan puñales al cielo originado con cada expiración saliente que provocas. Se cortaron las nubes, dejamos a la oscuridad tomar su terreno, invadirnos la calma, y traernos tormentas.

Y esa gallardía para golpearme los abstractos sentimientos, dolerme a cada paso, de lunares que yo no vi y que mis dientes en tu tez agora morena no se detuvieron a morder, y que tus dientes blancos y separados en su centro grácil hieren pasionalmente tales centros gráciles de almas que jamás yo alcanzaré. 

Tú y yo empezamos a coincidir bastante bien porque somos el origen de una fiera desatada que sólo busca un refugio donde vivir en la paz que concede el bienestar de saberse libre e irracional. Aquí el amor sólo lo hacemos con música.
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